miércoles, 29 de abril de 2015

(2014) Alberto Garzón Espinosa - La tercera república

republicanismo, Garzón, corrupción, socialismo, Robespierre


"Lo que nosotros defendemos aquí es que la res pública, como comunidad política de personas igualmente libres, no puede existir en un contexto de amplia desigualdad de poder, riqueza o renta. Porque precisamente esta desigualdad desata tensiones políticas que provocan movimientos reactivos que amenazan con destruir las bases de cualquier comunidad política. Es decir, sin democracia sustantiva no cabe pensar en una comunidad política estable."

No hace mucho tiempo en este país de endeble memoria la percepción social de la monarquía estaba por los suelos. Y mucha de la culpa la tenía Juan Carlos de Borbón. Los safaris, las infidelidades y los casos de corrupción que asolaron la casa real durante sus últimos años de reinado fueron los responsables de su pérdida de popularidad ante un pueblo que cada vez tenía más dificultades para llegar a final de mes y veía como una imperdonable falta de respeto los derroches y saqueos del monarca y su familia. Así que Juan Carlos hizo lo que todo el mundo le pedía, acólitos y palmeros al margen, y abdicó. Y lo hizo no sin polémica parlamentaria, con partidos que aprovecharon para plantear el interrogante acerca de la forma de Estado que se merecía el país y partidos que hicieron gala de dotes malabaristas enarbolando la bandera del republicanismo monárquico. Parecía que las contradicciones del sistema afloraban a la superficie y la posibilidad de un nuevo horizonte era real.

miércoles, 22 de abril de 2015

(2001) Manuel Vicent - Antitauromaquia

Antitauromaquia, Vicent, toros, fiesta nacional


"Se dice que los buenos aficionados no ven la sangre durante la lidia: no la ven porque están muy acostumbrados a ella, del mismo modo que que no perciben el hedor del detritus quienes viven normalmente en un estercolero o se dedican a limpiar sentinas. Oiga, aquí huele a mierda. ¿Cómo dice usted? Que aquí huele a mierda. Pues yo no huelo a nada. Usted no huele a nada porque su nariz ya se ha hecho a la mierda. Sencillamente."

Creo que una de las cosas que más me avergüenzan cuando hablo con extranjeros sobre España y su hipotética idiosincrasia son las corridas de toros. Ahora ya no, pero hubo un tiempo en que mantener una conversación sobre ese asunto provocaba en mí que el pulso se me acelerara y que el calor aflorara a mi cara, llegando a temer que la persona que tenía enfrente comenzara a mirarme como si ante sí se desplegara una aurora boreal, un maelstrom o un fenómeno de carácter igualmente excepcional, y, en consecuencia, sacara con presteza la cámara de fotos con el fin de inmortalizar el evento y enseñárselo orgulloso algún día a sus nietos. Bueno, en realidad no, estoy exagerando: nunca me he puesto colorado ni temería que me sacaran una foto si eso ocurriese. Antes intentaría cambiar de tema, lo cual, dicho sea de paso, suele ser lo que acaba ocurriendo en el mundo real, ese en el que tampoco me pongo rojo. Pero a veces la artimaña no cuela y me veo en la obligación, primero, de desmarcarme tajantemente de aquellos que profesan con admiración y reverencia respeto supremo por dicha tradición y, después, si el extranjero es perseverante, en hacer comprender las razones y argumentos que aducen los acólitos de la tauromaquia en defensa de su punto de vista. Esta tarea intento realizarla con la frialdad y precisión con la que el entomólogo realiza sus disecciones, pero en lo más profundo de mis entrañas causa que me hierva la sangre. Y es que no hay nada mejor que hacerte explícitas un conjunto de creencias para poner a prueba la veracidad y robustez de las mismas. Y en el caso de las proposiciones aducidas en sustento de la tauromaquia, éstas no aguantan el más mínimo zarandeo. Su debilidad sí es motivo de sonrojo y, llegados a este punto, extranjero y servidor convenimos en lo repulsivo del festejo y brindamos por que algún día la razón triunfe sobre todo lo demás y arrincone a la tauromaquia al cajón de los trastos rotos de la historia, junto a los campos de exterminio, los gulags o la Cherry Coke.

martes, 21 de abril de 2015

(1987) Tom Wolfe - La hoguera de las vanidades

Wolfe, McCoy, Bacon, vanidades, bonfire, Kramer,


"Había católicos de dos clases, irlandeses e italianos. Los irlandeses eran estúpidos, y les gustaban las peleas y hacer daño a la gente. Los italianos eran estúpidos y detestables. Unos y otros eran igualmente desagradables, pero, como mínimo, la clasificación se entendía sin el menor problema. De modo que sólo cuando ya había llegado a la universidad comprendió el alcalde que existía una especie completamente distinta de goyim, los protestantes. Ni siquiera entonces vio a ninguno. Solo había judíos, irlandeses e italianos en su universidad, pero al menos oyó hablar de los otros, y se enteró de que algunas de las personas más famosas de Nueva York pertenecían a ese otro yipo de goyim, eran protestantes. Por ejemplo, los Rockefeller, los Vanderbrik, los Roosevelt, los Astor, los Morgan. La expresión wasp fue inventada mucho más tarde. Los protestantes estaban divididos en una enloquecida cantidad de sectas, de forma que nadie era capaz de llevar la cuenta. Lo cual parecía tan misterioso como pagano, y hasta ridículo. Todos ellos adoraban a un oscuro judío que vivió en un remoto rincón del mundo. ¡Le adoraban incluso los Roosevelt! ¡Incluso los Roosevelt! Sí, era francamente misterioso, lo cual no impedía que todos esos protestantes fueran los jefes de los principales bufetes de abogados, de los grandes bancos, de los asesores de inversiones, de las principales empresas. Jamás veía a esa gente en carne y hueso, excepto en las grandes ceremonias. Por lo demás, hubiera podido decirse que no existían, al menos en Nueva York. Apenas si asomaban la cabeza en los días de elecciones.. Por su número, no contaban, pero estaban ahí. Y ahora, una de estas sectas, la de los episcopalianos, tenía un obispo negro. Era muy fácil hacer chistes sobre los wasps, y a menudo el alcalde bromeaba sobre ellos con los amigos, pero, más que divertidos, resultaban temibles."

Se han dicho muchas cosas de ella: que es la ciudad que nunca duerme, que controla los designios de la economía mundial, que su densidad demográfica humana es casi tan alta como su densidad demográfica de roedores o que es el lugar donde tus probabilidades de morir en el metro resultan más altas. Pero hay otro tópico sobre Nueva York que me interesa destacar: el que la muestra como símbolo de la tierra de las oportunidades y de la pluralidad cultural y étnica. Y es que desde su nacimiento, y a través de sus distintas denominaciones —Nueva Angulema primero, Nueva Amsterdam después y, finalmente, Nueva York—, la ciudad a orillas del río Hudson fue un importante caladero comercial. Con la independencia de EEUU, además, sería el principal destino de las hordas de inmigrantes provenientes de Europa, expatriados en busca de comida y un lugar donde prosperar, especialmente tras la gran recesión del XIX. Y donde mejor quedaría reflejada esta panorámica es en aquella, por lo demás, irregular película que fue Gangs Of New York, donde Scorsese quiso mostrarnos los sórdidos y oscuros cimientos culturales y sociales de la gran manzana y, por extensión, de los Estados Unidos.

martes, 7 de abril de 2015

(1885) Émile Zola - Germinal


Minas, proletariado, burguesía, lucha de clases, siglo XIX, revolución


"En la casa de los Maheu, en el número 16 del segundo cuerpo, no se había movido nadie. Espesas tinieblas envolvían la única habitación del primer piso, como abrumado bajo su peso el sueño de los seres que se adivinaban ahí, amontonados, con la boca abierta, destrozados por el cansancio. A pesar del frío intenso del exterior, el aire enrarecido tenía un calor vivo, ese aliento caluroso de los cuartos que huelen a ganado humano."

Con la llegada de la revolución industrial a mediados del siglo XVIII, la humanidad fue testigo de un aumento en la productividad que aún hoy en día no tiene parangón en la historia. La aplicación de los principios de la máquina de vapor, posteriormente sistematizados rigurosamente en la ciencia física de la termodinámica, llevó a que la aplicación de los novedosos descubrimientos tecnológicos incrementaran exponencialmente los rendimientos del trabajo, sí, pero sobre todo del capital. Y es que técnica ha existido siempre, pero la inversión en ella no siempre ha ofrecido réditos seguros. Más si cabe cuando la estructura de la producción de épocas pasadas se sustentaba en el factor trabajo a coste casi cero por medio de la esclavitud o la servidumbre. Solo sería a través de la confluencia de un conjunto de causas —entre las cuales pueden destacarse la importancia creciente de los nichos urbanos como favorecedores del comercio y, por tanto, de la acumulación de riqueza, el nacimiento de una incipiente clase social nueva producto del estado de cosas anterior y, en el seno de esta nueva clase social, o más bien en las interacciones entre esta nueva clase social, la burguesía, y la que anteriormente acaparaba las riquezas, la nobleza, el surgimiento de una clase de hombres nueva pero antigua al mismo tiempo, ociosa pero científica y cuyo foco de atención y curiosidad se trasladaría desde las cuestiones apriorísticas hasta las experimentales—  que la inversión de capital cobraría la importancia que ha venido teniendo hasta el día de hoy. Con la revolución industrial el ser humano entraría en una nueva fase de su historia caracterizada por la creación bruta de riqueza. La historia del capitalismo industrial podría relatarse así como la heroica travesía por la cual el hombre de ciencia llegó a dominar a la naturaleza. Una historia así tendría toda la épica de los viejos relatos míticos de Hesíodo o Sturluson. También tendría la misma dosis de irrealidad que aquellos. Una historia del capitalismo industrial haciendo referencia únicamente a los emprendedores que osaron apostar al caballo finalmente ganador de las locuras diseñadas por el hombre científico y tecnológico corre el serio peligro de falsear y silenciar a los perdedores colaterales de todos esos triunfos del "género humano".

viernes, 3 de abril de 2015

(1945) Bertrand Russell - Historia de la filosofía occidental


Filosofía, historia, Platón, Spinoza, Aristóteles, Agustín, Nietzsche, Locke, Berkeley


"Cuando un hombre inteligente manifiesta una opinión que nos parece evidentemente absurda, no deberíamos intentar comprobar que está en lo cierto, sino averiguar cómo llegó a tener la apariencia de una verdad. Este ejercicio de la imaginación histórica y psicológica amplía nuestro pensamiento y nos ayuda al mismo tiempo a reconocer cuán necios parecerán muchos de nuestros prejuicios más acariciados en una época de espíritu distinto."

Si intentamos pensar cómo debería ser idealmente una historia de la filosofía o, más genéricamente, una historia de las ideas, algunos de los criterios que se nos vendrían a la cabeza serían: adecuada ubicación de las ideas de los autores en el contexto de su época, nítida panorámica del pensamiento de los filósofos o científicos, desarrollo pormenorizado de las relaciones entre los distintos conceptos manejados por los autores, plasmación de las consecuencias teóricas en el seno de la investigación teórica y de las consecuencias prácticas (si las tuviera) en la época de los planteamientos expuestos, exposición de las relaciones "paterno-filiales" de las distintas teorías, bosquejo biográfico de los productores de ideas para comprender los avatares más importantes de su vida con el fin de poder llegar a establecer posibles nexos de unión entre sus teorías y sus vidas. Esta lista no exhaustiva podría ser una buena aproximación para afrontar dicha tarea, pues a pesar de que los criterios mencionados no parecen ser suficientes, no parece dudoso que sean necesarios. Y sin embargo, de ser esto así, deberíamos concluir que la "Historia de la filosofía occidental" de Russell no es una buena historia de la filosofía. Pero no creo que debamos concluir eso.

(2007) Mariano Sánchez Soler - Ricos por la guerra de España


reseña guerra civil franco


"En un sistema dictatorial como el franquismo, la corrupción es un elemento estructural que, amparado por el poder, tiende a ser ocultado y desmentido, con la complicidad de los medios de comunicación supeditados al poder político. En estas condiciones la percepción por parte de los ciudadanos de los fenómenos de corrupción tiende a ser menor. Se llega a dar la paradoja de que muchos ciudadanos añoran los tiempos de la dictadura como tiempos de orden en los que no pasaban estas cosas. Por ello, es necesario dejar claro desde el principio que los niveles de corrupción económica durante el franquismo no tienen parangón ni comparación con la experiencia, lamentable sin duda, vivida en los últimos años."

Conviene tener presente, hoy más que nunca, estas palabras de Carlos Barciela citadas por boca de Mariano Sánchez Soler. Hoy, cuando parece que no puede haber un solo caso más de corrupción en los medios, cuando éstos emergen a la superficie cual burbujeante torrente de mierda, conviene tener presente esas líneas. Porque nos recuerdan dos cosas que no deberíamos cometer el error de llegar a olvidar jamás. La primera, que una cosa es la corrupción cometida y otra muy distinta la corrupción difundida. O, en otras palabras, que ojos que no ven, corazón que no siente, pero bolsillo que se resiente. Y en el franquismo, desarrollismos al margen, los bolsillos de los españoles se resintieron un tanto. La segunda, de mayor importancia por alcance y profundidad, es que la indignación es un estado consustancial a la democracia, pues la existencia de aquella es un síntoma de la buena salud de ésta.

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