viernes, 3 de abril de 2015

(2007) Mariano Sánchez Soler - Ricos por la guerra de España


reseña guerra civil franco


"En un sistema dictatorial como el franquismo, la corrupción es un elemento estructural que, amparado por el poder, tiende a ser ocultado y desmentido, con la complicidad de los medios de comunicación supeditados al poder político. En estas condiciones la percepción por parte de los ciudadanos de los fenómenos de corrupción tiende a ser menor. Se llega a dar la paradoja de que muchos ciudadanos añoran los tiempos de la dictadura como tiempos de orden en los que no pasaban estas cosas. Por ello, es necesario dejar claro desde el principio que los niveles de corrupción económica durante el franquismo no tienen parangón ni comparación con la experiencia, lamentable sin duda, vivida en los últimos años."

Conviene tener presente, hoy más que nunca, estas palabras de Carlos Barciela citadas por boca de Mariano Sánchez Soler. Hoy, cuando parece que no puede haber un solo caso más de corrupción en los medios, cuando éstos emergen a la superficie cual burbujeante torrente de mierda, conviene tener presente esas líneas. Porque nos recuerdan dos cosas que no deberíamos cometer el error de llegar a olvidar jamás. La primera, que una cosa es la corrupción cometida y otra muy distinta la corrupción difundida. O, en otras palabras, que ojos que no ven, corazón que no siente, pero bolsillo que se resiente. Y en el franquismo, desarrollismos al margen, los bolsillos de los españoles se resintieron un tanto. La segunda, de mayor importancia por alcance y profundidad, es que la indignación es un estado consustancial a la democracia, pues la existencia de aquella es un síntoma de la buena salud de ésta.

La indignación, y sobre todo su propia manifestación, solo pueden ser fruto de la existencia de una muy necesaria libertad para ejercer el derecho a cabrearse. Pero también de la existencia de unos canales de comunicación por medio de los cuales llegue la información al sujeto susceptible de cabreo. Por muy enclenques y contrahechos que sean esos canales. Allí donde esas dos condiciones no se dan no es posible una ciudadanía cabreada, a menos que así lo desee el régimen, según sus propios propósitos y fines. De modo que el intento de control por parte del poder político de los medios de comunicación y el cercenamiento de las libertades de reunión son claros síntomas de un estado dictatorial.

Hagamos acopio de inventario y pasemos revista: el publirreportaje que Cospedal insertó en los noticiarios de la cadena pública de Castilla y La Mancha hace unos días, el despido improcedente de cerca del 80% de la plantilla de Telemadrid, el cierre precipitado y cochambroso de Canal Nou, los fichajes de campanillas de media plantilla de Intereconomía, cadena que es todo un ejemplo de ética periodística y rigor informativo, por parte de rtve. Estos y otros tantos casos de ese periodismo de amiguetes, servil y adulador como el solo, tan típicos de esta tierra ibérica, los desgrana mejor Monedero que yo. Yo solo los menciono para dejar patente que el caso de Cintora en Cuatro no es único, sino que forma parte de un magma, de una corriente difícilmente contenible, que viene siendo norma al menos, que yo recuerde, desde que el i-eme-pe-erre-e-ese-e-ene-etcétera-etcétera de Alfredo Urdaci se hiciera con la dirección de los informativos de la primera cadena de televisión española.

Por otro lado, es claro y manifiesto el cercenamiento de las libertades, de los derechos humanos, que la deriva del actual gobierno está siguiendo. No solo es que la ley mordaza, aquella que implica un incremento desproporcionado de las penas haya sido sancionada verbalmente en una de sus recomendaciones por la ONU, es también la re-entrada en el código penal de la figura de la cadena perpetua bajo el ambiguo subterfugio de su revisabilidad. Todo parece diseñado y pergeñado como siguiendo las directrices de la doctrina del shock de la que muy clara y conspicuamente hablara Naomi Klein.

Todo lo cual no tiene nada de dictatorial. Para nada. En absoluto.

Ironías al margen, lo cierto es que el libro que hoy nos toca comentar no podría haber sido publicado en un contexto genuinamente dictatorial. Ni siquiera yo estaría escribiendo estas líneas si viviéramos en una dictadura, porque no tendría ni el coraje ni las pelotas para sentarme delante del ordenador y con ello arriesgarme a jugarme el pescuezo. Pero tampoco nos engañemos. Que esta clase de investigaciones hayan tardado tanto en producirse hablan muy a las claras de que tras la muerte del faraón, su cadáver siguió apestando durante mucho tiempo. Aún sigue apestando, en ciertos círculos, de hecho.

Ricos por la guerra de España nos presenta un retrato de los principales personajes que, aprovechando la connivencia con el régimen, hicieron fortuna durante la larga travesía por el desierto autárquico primero y el capitalismo de amiguetes después. Por supuesto, si de lo que se trata es de mostrar cuales fueron los principales personajes, las principales familias que se beneficiaron de las prebendas del generalísimo, es imposible no empezar por la propia familia Franco y los Martínez-Bordiú, vía braguetazo con la niñita del dictador. Sin embargo, Sánchez Soler decide comenzar su relato con un personaje misterioso y siniestro cuyas relaciones antes y durante el régimen con el gerifalte fueron muy tangenciales, aunque siempre provechosas. Hablamos de Juan March, el financiero que amasó una fortuna con el contrabando ilegal de tabaco y que supo invertir posteriormente su fortuna en negocios que le reportaron pingües beneficios. El mismo señor cuya fundación realiza esa noble labor filantrópica de promoción científica, artística y literaria. Me hago rico. Robo, asesino y amaso una fortuna grotescamente grande, pero luego dono una cantidad ridículamente pequeña para fines culturales. Así cualquiera se hace un nombre y se monta una fundación. Más allá de eso, la inclusión del financiero está más que justificada por ser quien pagó de su bolsillo, con la mediación de Luca de Tena, el fundador del ABC, el alquiler del Dragon Rapide, el aeroplano en el que Franco se desplazó desde su destierro en las Canarias hasta Marruecos para iniciar el golpe de Estado. También financió al bando nacional durante el primer año de contienda, siendo proveedor e intermediario de material armamentístico. Todas estas operaciones debieron ser concebidas dentro del complejo entramado mental de March como inversiones a largo plazo, pues años más tarde las rentabilizaría sobradamente con la compra de la Barcelona Traction, por un importe cercano al 5% de su valor estimado. que rondaba los 30 mil millones de la época (para que te hagas una idea, en el año de la compra, 1948, una entrada para el cine costaba tres pesetas de media; por tanto, con 30 mil millones de pesetas daba para 10 mil millones de entradas de cine; si admitimos como válida una hipotética teoría de la paridad del poder adquisitivo basada en el coste de una entrada como analogía al índice Big Mac, tendremos que esa empresa hoy estaría valorada en la friolera de 80 mil millones de euros, que daría para comprar seis veces a todos y cada uno de los equipos de la NBA. Desgraciadamente, el "índice entrada-cine" no es tan estable como el índice Big Mac debido al diferencial entre la inflación y el aumento del coste de la entrada de cine en los últimos diez años.) Todo un halcón ese tal March.

Pero volvamos a los Franco y, en especial, a su corte. Y es que si por algo se caracterizó los tiempos de la autarquía, antes de que los tecnócratas del opus fueran adentrándose en la administración, fue por su tono familiar, de gran familia. Por supuesto los Franco fueron los primeros beneficiados, gracias al buen hacer del abogado José María Sánchiz Sancho, un personaje bastante opaco por lo demás. Convirtieron el palacio de El Pardo en una especie de Versalles en pequeñito, y allí se reunían lo más granado del empresariado ibérico a la caza de un contrato regalado. Y nunca mejor dicho, porque como bien cuenta Mariano Sánchez Soler, el mejor momento para encontrar al dictador de buen humor y hacerse con ese tan ansiado contratazo, era pillándole en pleno desarrollo de la cinegética.

Lo cierto es que el libro es todo un primor en lo referente a la enumeración de las hoy en día tan famosas puertas giratorias. Falangistas, opusdeístas, tecnócratas, futuros demócratas, padres de futuros demócratas... Entidades crediticias, cajas de ahorro, bancos de inversión, eléctricas, petroleras, gasísticas, automovilísticas, grandes almacenes... La verdad es que, y sin desmerecer a las primeras páginas, cuando más interesante se pone el libro es cuando más nos acercamos a nuestra época y los apellidos empiezan a sonarnos, como un runrún de cascabeles. De hecho, uno de los capítulos está dedicado a "los sucesores del franquismo", los encargados de ejecutar el franquismo sin Franco primero, y de abrazar las bondades del libre mercado después. Suárez, Calvo-Sotelo, Fraga, Villar Mir y otros tantos primero y Jose María Aznar, Rodrigo Rato, Pío Cabanillas, Nemesio Fernández-Cuesta (este señor da para tesis doctoral), Margarita Mariscal de Gante, Pío García-Escudero, Federico Trillo. Y la lista continúa. Ojo, que también los hay en la izquierda.

"También las izquierdas moderadas, que ya apostaban por ser alternativa de poder, tenían su cabeza y su salario dentro del régimen. Así de sencillo. Mariano Rubio, que llegó a ser director general de Política Financiera con Franco; Fernando Morán, responsable diplomático del área de África; Miguel Boyer, en el INI de Claudio Boada y cuyo destino público culminaría en los años ochenta como alto ejecutivo de las hermanas Koplowitz; los hermanos Fernández Órdoñez son algunos de sus más famosos ejemplos."

El libro cuenta también con anécdotas y chascarrillos que hacen mucho más amena su lectura. Uno de ellos es cuando pillaron a la hija de Franco, Carmen Franco, en las aduanas con reliquias de oro camino de Suiza. O el affaire de Nicolás Franco, hermano mayor del dictador, con Nina Dyer, que casi pone en jaque al entramado sociológico y moral del régimen. O las "facilidades" que ponía Manuel Arburúa, subsecretario de comercio y política arancelaria primero y ministro de comercio después para importar, según quien se lo pidiera, en la etapa de la autarquía. Citando del propio libro:

"Las anécdotas sobre su forma de actuar explican mejor que nada cómo funcionaban las cosas en aquella época. El periodista César González Ruano relató cómo se entrevistó con el ministro para pedirle una licencia de importación de maquinaria para un amigo y salió del despacho con una para importar un coche extranjero:

—Esto de los permisos de importación resulta algo complicado —le dijo Arburúa, en su despacho oficial—. En cambio es fácil y te daré ahora mismo una orden de compra de un automóvil.
—¿Qué hago yo con una orden de compra de un automóvil —le interrumpió González Ruano— si lo que necesito es dinero?
—Toma la orden —dijo Arburúa, alargándole un papel— y antes de salir a la calle ya la tendrás vendida.
—Gracias, Manolo —le contestó Ruano."

También se describen los grandes y más conocidos casos de corrupción de la última etapa del régimen, los famosos casos Matesa, UTECO, REACE o Sofico. O los empresarios que como Meliá, Solís, Koplowitz o Gil y Gil supieron pescar en las aguar turbias del régimen. Incluso se detalla el antecedente de la famosa lista Falciani, cuando en 1997 la ASB (Asociación Suiza de banqueros) publicó una relación con 1872 cuentas dormidas pertenecientes a titulares extranjeros, todo ello posibilitado gracias a las indagaciones y pesquisas de las víctimas del holocausto y sus descendientes, obligando finalmente a los banqueros a publicar los nombres. 69 de ellos eran españoles (Ybarra, Escoriaza, Urquijo, Giménez-Arnau, Queipo de Llano, etc.). Lo cierto es que me estoy dejando muchas cosas en el tintero; sirva ello de acicate para el lector curioso, entonces. De lo que no me quiero olvidar, sin embargo, es de decir el afán de completitud incriminatoria que tiene el volumen. Una cualidad muy sana y que enriquece enormemente el ensayo de Sánchez Soler.

Libros como Ricos por la guerra de España son muy necesarios para arrojar luz sobre nuestro pasado y con ello mantener viva la llama de la memoria. Porque aunque la cita de Santayana (tomada en préstamo de Cicerón) diga que "quien olvida su historia está condenado a repetirla", más cierto aún es que solo puede olvidar algo quien primero pudo aprenderlo. Y lo cierto es que la historia de corrupción del régimen franquista no está ni lo suficientemente investigada ni muchísimo menos difundida. Por ello, el trabajo de Mariano Sánchez Soler tiene tanto valor: porque contribuye a resarcir esas dos deudas que tiene el pueblo y la ciudadanía española con su pasado y contribuyen a construir el deber y el derecho a aprender de él. Y es normal que ese conocimiento produzca indignación. Y muy sano, porque como decíamos al principio de estas líneas, la indignación es consustancial a la democracia y síntoma de su buena salud. Lo cual, no lo olvidemos, es una paradoja: pues si definimos la existencia de corrupción como una patología del sistema, llegaremos a la conclusión de que la mala salud de la democracia es un síntoma de la buena salud de la democracia. Paradoja que a buen seguro abrazarán las élites políticas de este país con los ojos cerrados siempre y cuando, y citando a Lampedusa, implique otra paradoja: "cambiar algo para que nada cambie" y no un cambiar algo para que todo funcione mejor. Juzguen ustedes mismos qué puede ser lo uno y lo otro en el actual tablero de fuerzas políticas.

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1 comentario :

  1. Me ha parecido genial la crítica de tu blog. Tus cavilaciones iniciales sobre la manipulación informativa y sobre el hecho (innegable) de que muchos piensan que bajo la dictadura había menos corrupción porque no se hacían públicos los casos como hoy, no tienen ni un pero.
    Hay quien dice que no hay que remover el pasado. Que ¿para qué hacerlo?. Los que dicen eso, no sólo están permitiendo una gran mentira de la que incluso ellos son víctimas, sino que además no ven que no se trata sólo de señalar con el dedo. La dictadura duró 40 años y nunca nos hemos librado de sus efectos. Somos un pueblo domado y aborregado, víctimas de la censura cultural, el atraso industrial e incapaces de librarnos de toda la ''tradición'' religiosa que nos han colgado del cuello. Es por eso que creo que estos libros son necesarios, para que de vez en cuando alguien que no tenga las ideas claras de lo que pasó, o no quiera planteárselo, se los lean aunque sea por equivocación y vean que aquella España no era tan entrañable como la que se ve en ''la gran familia'', y que no todo tiempo pasado fue mejor.

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