miércoles, 22 de abril de 2015

(2001) Manuel Vicent - Antitauromaquia

Antitauromaquia, Vicent, toros, fiesta nacional


"Se dice que los buenos aficionados no ven la sangre durante la lidia: no la ven porque están muy acostumbrados a ella, del mismo modo que que no perciben el hedor del detritus quienes viven normalmente en un estercolero o se dedican a limpiar sentinas. Oiga, aquí huele a mierda. ¿Cómo dice usted? Que aquí huele a mierda. Pues yo no huelo a nada. Usted no huele a nada porque su nariz ya se ha hecho a la mierda. Sencillamente."

Creo que una de las cosas que más me avergüenzan cuando hablo con extranjeros sobre España y su hipotética idiosincrasia son las corridas de toros. Ahora ya no, pero hubo un tiempo en que mantener una conversación sobre ese asunto provocaba en mí que el pulso se me acelerara y que el calor aflorara a mi cara, llegando a temer que la persona que tenía enfrente comenzara a mirarme como si ante sí se desplegara una aurora boreal, un maelstrom o un fenómeno de carácter igualmente excepcional, y, en consecuencia, sacara con presteza la cámara de fotos con el fin de inmortalizar el evento y enseñárselo orgulloso algún día a sus nietos. Bueno, en realidad no, estoy exagerando: nunca me he puesto colorado ni temería que me sacaran una foto si eso ocurriese. Antes intentaría cambiar de tema, lo cual, dicho sea de paso, suele ser lo que acaba ocurriendo en el mundo real, ese en el que tampoco me pongo rojo. Pero a veces la artimaña no cuela y me veo en la obligación, primero, de desmarcarme tajantemente de aquellos que profesan con admiración y reverencia respeto supremo por dicha tradición y, después, si el extranjero es perseverante, en hacer comprender las razones y argumentos que aducen los acólitos de la tauromaquia en defensa de su punto de vista. Esta tarea intento realizarla con la frialdad y precisión con la que el entomólogo realiza sus disecciones, pero en lo más profundo de mis entrañas causa que me hierva la sangre. Y es que no hay nada mejor que hacerte explícitas un conjunto de creencias para poner a prueba la veracidad y robustez de las mismas. Y en el caso de las proposiciones aducidas en sustento de la tauromaquia, éstas no aguantan el más mínimo zarandeo. Su debilidad sí es motivo de sonrojo y, llegados a este punto, extranjero y servidor convenimos en lo repulsivo del festejo y brindamos por que algún día la razón triunfe sobre todo lo demás y arrincone a la tauromaquia al cajón de los trastos rotos de la historia, junto a los campos de exterminio, los gulags o la Cherry Coke.

Hasta hace bien poco, los que creíamos que en este país no merecíamos distinto devenir que el de los países de nuestro entorno en lo tocante a la fiesta taurina, teníamos motivo de celebración. En 2006 se prohibió la emisión en abierto de la fiesta nacional en horario infantil en las televisiones públicas, lo que implicó que RTVE, cadena que retransmitía las principales ferias de la geografía ibérica hasta ese momento, dejara de hacerlo. Con ello se logró una importante victoria en el terreno de la sensibilización y concienciación. Pero cuatro años más tarde, en 2010, Cataluña logró aprobar en su Parlament, y por iniciativa popular, la abolición de la fiesta taurina dentro de los márgenes de su territorio. Era la primera comunidad autónoma que lograba una hazaña de semejante calibre. Un hito histórico. Dos años más tarde, el ayuntamiento de la ciudad vasca de San Sebastián obraría de semejante manera, y prohibiría las corridas de toros en su jurisdicción a partir de 2013. Algo estaba cambiando.

Sin embargo, en noviembre de 2013 se aprobó una enmienda a nivel estatal por la cual se reconocía con rango de ley a la tauromaquia como patrimonio cultural. Dicha ley, solo refrendada con el apoyo del Partido Popular, obligaba a todas las administraciones públicas a garantizar su protección y fomento. Con ello, a la tauromaquia no solo se la reconocía como cultura sino que se le blindaba ante todo posible ataque legislativo so pena de incumplir a su vez el propio régimen legal. Este blindaje retrotrajo parcialmente los triunfos conseguidos y puso en cuestión la idea de que la senda hacia la prohibición era imparable. También planteó el interrogante de si efectivamente el rechazo a las corridas de toros tenía un apoyo popular mayoritario como ingenuamente se pensaba. Y en caso contrario, suscitó la pregunta acerca del qué estaba fallando en el proceso de concienciación y sensibilización. Como sea que aún esos interrogantes tienen plena vigencia, libros como Antitauromaquia siguen siendo tan necesarios.

Antitauromaquia, publicada en 2001, es una recopilación de artículos publicados en prensa por Manuel Vicent, escritor que ha cultivado todos o casi todos los géneros con una amplia producción a sus espaldas que incluye novelas como Malvarrosa y Son de Mar, obras de teatro, libros de gastronomía, de viajes, biografías, y un largo etcétera. Son artículos escritos a lo largo de veinte años, todos ellos para el diario El País, y donde el autor estila toda su mala leche para ofrecérsela al lector en píldoras concentradas con la expresa voluntad de agitar conciencias. Antitauromaquia, por ello, tiene voluntad de panfleto pero, como veremos, el de uno muy especial.

"Se pierde la afición a los toros como se pierde la ingenuidad. La vida te va despojando de todos sus elementos irracionales y quedas a merced de una desnuda inteligencia laica, sin adherencias mágicas. En efecto, la ecología, el amor a los animales, es una clase de laicismo de la naturaleza. O si se quiere, una mística nueva basada en una unión con ella, no contaminada por violencia alguna. Creo que no tenemos derecho a gozar imaginando que hacemos sufrir a los animales, pero, sobre todo, creo que no se puede sustentar como espectáculo la muerte festiva de un toro que un día también podría ser nuestra muerte. En este principio se basa esta antitauromaquia. No es un arte de torear al revés, sino una apuesta por no torear nada ni a nadie salvándonos de la crueldad."

En primer lugar, porque como nos dice su autor en el prólogo, él mismo de pequeño fue ferviente seguidor del espectáculo. A fin de cuentas, es una tradición que se respira en el ambiente en el que uno crece al llegar el verano, con el calor, del que se puede ser partícipe con solo seguir la inercia. Este factor, aparte de dotar a la obra el carácter de la revelación del converso, de cierta epifanía moral, le confiere a su vez la sabiduría del experto. Vicent critica, a veces con la furia del berserker, pero en todo momento con la precisión del francotirador. Conoce los rudimentos, los términos y los criterios del enjuiciamiento estético y técnico del toreo. Básicamente porque los ha mamado. Pero los desprecia como quien desprecia la estética de la guerra después de haber combatido en ella y critica a los escritorzuelos que la loan desde su gabinete. Vicent no ha toreado —o sí, en realidad no lo sé—, pero a buen seguro ha corrido delante de una vaquilla o ha compartido tardes al sol comiendo pipas con sus mayores comentando los envites. Y se nota.

Como se nota la labor de investigación, de indagación, de desvelar lo que la historia tiene que contarnos. Como que Fernando VII depuró la universidad española del profesorado liberal, llegando a cerrarla en 1830 para crear la primera institución para la enseñanza de la tauromaquia. O como cuando Pío V en 1567, mediante la bula Salute Gregis, prohibió explícitamente las corridas de toros "por ser estos espectáculos torpes y cruentos muy contrarios a la caridad cristiana". Desgraciadamente, diez años más tarde, Gregorio XIII lanzaría la bula contraria por mediación de Felipe II, Expone nobis. O como cuando nos cuenta que Isabel la Católica no era taurina, y nos cita la carta donde se lo manifiesta a su confesor fray Fernando de Talavera: "«de los toros sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran y no digo prohibirlos porque esto no es para mí a solas»". O como cuando Primo de Rivera impuso el peto de los caballos propiciando manifestaciones populares en todo el país en contra de la medida.

La erudición le lleva incluso a Vicent a satirizar los supuestos orígenes mitológicos de la faena, como muchos inspectores de esencias pretenden deslizar en su intento por legitimar la fiesta. Muchos de ellos presuntamente progresistas, por lo que la ironía es doble cuando la mofa toma como objeto al buey Apis, al minotauro de Creta o a los funerarios de Guisando. Sátira e ironía siempre fina que extiende a otros dominios más prosaicos, más mundanos, más de andar por casa. Sin embargo, en Antitauromaquia el humor está sepultado por cierta conciencia trágica que lo imprime todo. El humor solo es un recurso al lado otros tantos al servicio de la labor esencial, siempre pedagógica, de hacer ver la gravedad de la situación.

"La máxima crueldad de la fiesta nacional radica en que al final de la corrida los espectadores no se comen los toros que han sido sacrificados. El público acude a la plaza sólo para contemplar la muerte meticulosa de un animal a cambio de unos capotazos generalmente anodinos. Durante la ceremonia la gente grita, aplaude, escupe, corea los lances, celebra la perfección de las estocadas o la precisión de la puntilla. El toro va cediendo su gran hermosura con lentitud hasta llegar a la última degradación de la agonía muy amasada de sangre. Pero la máxima crueldad se produce cuando el público abandona los tendidos con alegría o blasfemando. Los toros asesinados han sido arrastrados al desolladero y una vez troceados desde allí parten hacia las instituciones de beneficencia o se venden en carnicerías anónimas. Si al terminar las corridas los aficionados bajaran de las gradas y celebraran un banquete ritual devorando a las seis víctimas en el desolladero, esta matanza, aunque fuera brutal, alcanzaría el sentido religioso que poseía en la antigüedad. Hasta el siglo XVIII en España se celebraba un rito que consistía en llevar un toro a misa el día de San Marcos. Luego de tomar la comunión, se lo comían. Ya no sucede así. A los aficionados sólo la muerte les basta después de elevarla a espectáculo moral. Es como si uno pagara la entrada en un restaurante de mariscos para presenciar ese instante, no exento de arte, en que el pinche introduce la langosta viva en un recipiente de agua hirviendo y luego rehusara comérsela con un desprecio refinado. «Se la voy a preparar con una salsa mayonesa», le dice el jefe de la cocina. Y usted contesta: «No, por favor, yo he venido al restaurante sólo para ver cómo hervía la langosta». Si a usted le gustan los toros, no se prive, cómaselos en el patio de caballos en medio de un festín sacerdotal, como se hacía cuando ese sacrificio tenía un sentido mitológico. La gente civilizada ama las chuletas de cordero, pero no hace cola en el matadero y paga una entrada con objeto de admirar el arte de los matarifes. Cuando la muerte de un bello animal se convierte en el único fin de la fiesta, algo bello también muere, sin saberlo, en el alma del espectador."

El libro, los artículos, son pequeños dardos lanzados a las distintas líneas de flotación de la sensibilidad estética taurina. Se estructura en torno a parágrafos más o menos extensos, a veces de carácter aforístico. Los elementos discursivos de los que echa mano Vicent en su obra son a menudo analógicos, metafóricos, comparativos. Su punto de mira se centra en nuestras miserias y aspiraciones como pueblo, en nuestras contradicciones internas, en una exhortación al sentido de la coherencia. Vicent nos compara con los países de nuestro entorno y nos saca los colores. Traza ingeniosas explicaciones psicológicas para los fenómenos de crueldad latente en comportamientos similares dentro y fuera de la plaza. A veces para ello cita a Freud. En otras ocasiones adelanta al psicólogo austriaco por la izquierda y a trescientos kilómetros por hora para lanzar pequeñas bombas atómicas, poco explicativas quizás, pero extraordinariamente corrosivas.

Quizás en algún momento se eche en falta un tipo de argumento más filosófico, que no apele tanto a nuestra sensibilidad. Porque el problema de hacer esto último exclusivamente es que se corre el riesgo de darle las armas necesarias para su defensa a nuestro contrincante, esto es, esgrimiendo él mismo su propia sensibilidad. Así, ante cualquier acusación de crueldad, él podría apelar al sentido estético: dónde nosotros vemos una matanza, él ve arte, y cualquier intento de mediación para hacerle cambiar de opinión estaría abocado al fracaso. En otras palabras: cerrarse en banda en argumentos que apelen a la sensibilidad puede propiciar una cerrazón en nuestro rival que derive en una inconmensurabilidad radical de planteamientos. Por ello, he echado en falta apuntes científicos entre las notas de Vincent. Puede que en el terreno de la sensibilidad no lleguemos a entendernos jamás con el taurino, pero si le hacemos ver que el sistema nervioso del toro es esencialmente el mismo que el del ser humano, y que las fibras C que causan las sensaciones de dolor y sufrimiento son esencialmente las mismas en todos los mamíferos, quizá le hagamos comprender como el sufrimiento del toro podría ser el nuestro, siguiendo una lógica kantiana.

Como libelo, Antitauromaquia funciona increíblemente bien, ya que consigue incendiar la integridad de su adversario. Como panfleto, sin embargo, no conseguirá convencer a quien no esté ya por la labor. Su finalidad es crear conciencia, pero muy a su pesar tendrá que conformarse con despertar las conciencias de todos aquellos que se hayan quedado traspuestos viendo el Tour y no se hayan percatado de que la faena empezaba a las seis. Con todo, es una interesante lectura que causará placer a quienes compartimos los sentimientos afirmados por el autor, tanto por la determinación con la que están expuestos como por la calidad de la prosa con la que están expresados.

"La cuestión consiste en saber si una sociedad que se divierte todavía con el rito de acuchillar a un animal tiene argumentos válidos para defenderse a sí misma de las injusticias y atropellos; si unos ciudadanos que contemplan impávidamente cómo se atraviesa con un rejón, se apalea con una garrota o le cortan los testículos en vivo a un novillo para conmemorar la festividad del santo patrón están moralmente preparados para enfrentarse luego a la tortura política y social; si un público que se extasía ante un bello animal con sangre hasta las pezuñas encontrará una coartada cuando a él le toque el turno fuera de la plaza en la otra tauromaquia de la vida. Ignoro si se trata de un caso freudiano y la lidia de toros no es sino una escuela expiatoria o una forma masoquista de asumir de antemano la crueldad en el propio morrillo."
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1 comentario :

  1. hola, me preguntaba si tienes este libro de Vincent en versión online para que me lo compartieras. Gracias

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