martes, 4 de noviembre de 2014

(1987) Paul Auster - El País de las últimas cosas




"Lo que realmente me asombra no es que todo se esté derrumbando, sino la gran cantidad de cosas que todavía siguen en pie. Se necesita un tiempo muy largo para que un mundo desaparezca, mucho más de lo que puedas llegar a imaginar. Continuamos viviendo nuestras vidas y cada uno de nosotros sigue siendo testigo de su propio y pequeño drama. Es cierto que ya no hay colegios, es cierto que la última película se exhibió hace más de cinco años, es cierto que el vino escasea tanto que sólo los ricos pueden permitirse el lujo de beberlo. Pero, ¿es eso a lo que llamamos vida? Dejemos que todo se derrumbe y, luego, veamos qué queda. Tal vez ésta sea la cuestión más interesante de todas: saber qué ocurriría si no quedara nada y si, aún así, sobreviviríamos."

Tryno Maldonado dijo una vez que conforme se crece como lector, Paul Auster se convierte en un gusto culposo. No sé si la situación es análoga a la de aquel que consume coca-cola, porque yo de hecho no lo hago —mis manos aún no están manchadas de sangre—, pero creo entender a qué se refiere. Paul Auster es un escritor cuya calidad es constantemente objeto de debate. Es más, es un escritor cuya calidad es objeto de debate incluso cuando no se le ha leído. Para bien o para mal, cuestionar la valía del escritor neoyorquino es un lugar común, un tópico.

«¿Qué opinas de la nueva película de Martín Scorsese?» «Uf, buenísima. Y creo que por fin este año le darán el Oscar al mejor actor a Di Caprio. La verdad es que se lo merece.» «Sí, lleva varios años peleándolo como un jabato, ya va siendo hora... Por cierto, ¿has leído el nuevo libro de Paul Auster?» «No, pero me han dicho que es muy malo, como de costumbre, vaya. ¿Tú te lo has leído?» «¿Yo? Que va... Por cierto, ¿has leído algo de él? «¿Leer? ¿Me tomas el pelo? ¡Jamás perdería mi valioso tiempo con esa puñetera bazofia!» «Oh, muy bien, ¡yo tampoco!» (Ríen.)

En parte creo que esa fama se debe a que es un escritor profundamente popular, llegando a vender una cantidad disparatada de ejemplares de casi todas sus novelas. Y la gente tiende a confundir lo comercial con lo estéticamente malo, como si la razón de su popularidad no fuera la calidad sino una suerte de modo de producción en cadena, una especie de mecanización del proceso creativo que despoja de toda personalidad al producto final. Tienden a asimilar la figura de Auster a la del funcionario literario corrupto, que llega, ficha, está unas horas sentado delante de su monitor en su oficina, termina la jornada, se levanta y se va, no sin antes pasar por caja cobrando unos honorarios ridículamente altos que no se corresponden con el valor añadido aportado a la producción por él; como una especie de Miguel Blesa de los escritores. Y creo que esa es una imagen radicalmente distorsionada de la realidad, en parte, por cierta visión cripto-clasista de la literatura, en la que ahora no voy a entrar. Puede que no haya revolucionado la literatura y que sus influencias a veces sean obvias, pero es un autor con una desbordante imaginación y unas capacidades más que notables para desarrollar una psicología compleja para sus personajes. Puede que no sea Goethe, Cervantes o Kafka, ¿pero quién demonios lo demanda?

"A pesar de lo que puedas creer, los sucesos no son reversibles. El hecho de que hayas podido entrar no significa que puedas salir; las entradas no se convierten en salidas, y nadie te garantiza que la puerta por la que entraste hace apenas un minuto esté aún allí cuando la busques un instante después. Así son las cosas en la ciudad, cada vez que crees saber la respuesta a una pregunta, descubres que la pregunta no tiene sentido."

Mis incursiones en la literatura de Auster hasta el momento han sido mínimas, pero profundamente satisfactorias. Aunque tenga pendiente acabar la Trilogía de Nueva York —cuyo primer relato, La ciudad de cristal, es una de las visiones más conmovedoras sobre la génesis de un vagabundo—, tanto La música del azar como Leviatán fueron recibidas muy favorablemente por un servidor. Así que cuando dos personas distintas me recomendaron la lectura de este libro, me vi ante una de esas situaciones en las que ves que no hay decisión posible que pueda alterar el curso de los acontecimientos: tocaba adentrarse en las páginas de El país de las últimas cosas.

Brevemente, lo que nos plantea Auster en este libro es una novela epistolar destinada a un amigo o familiar cercano. Anna Blume emprende un viaje hacia un país allende el océano, en barco, en busca de su hermano desaparecido en una especie de Ciudad-Estado en proceso de descomposición. Rápidamente somos testigos, de la mano de Anna, de que lo que alguna vez debió de ser la sociedad en ese país ha desaparecido por completo, quedando la sombra de lo que fue, los vestigios de una época en la que todo debió de ser normal.

Planteado así, parece la clásica novela postapocalíptica que solo encandilará a los asiduos al sub-género. Sin embargo, Auster, en todo momento, se muestra extraordinariamente hábil con la información que proporciona al lector, jugando con lo explícito, lo ambiguo y lo meramente sugestivo, sobre todo en la primera parte de la novela. A menudo me he visto rellenando huecos inconscientemente en las descripciones del entorno y de los comportamientos de la gente, dando por supuestas ciertas cosas que en realidad no debería haber hecho. Todo ello contribuye a recrear una atmósfera fantasmagórica, verdaderamente envolvente. Auster toca ciertas teclas y el lector imagina la melodía. Puede que no sea el trabajo más honesto del mundo, pero habla muy a las claras de las dotes de este escritor como prestidigitador.

"Las ruinas despiden un hedor particular que uno aprende a reconocer, incluso a una gran distancia. Compuestos por piedras, cemento y madera, estos montículos también contienen basura y restos de yeso; el sol fermenta la basura produciendo las más repulsivas emanaciones y la lluvia actúa sobre el yeso, astillándolo, derritiéndolo, de modo que también despide su propio olor, y cuando uno se mezcla con el otro, en los periodos consecutivos de sequía y humedad, la pestilencia de las ruinas comienza a florecer."

La primera parte de la novela ubica directamente al lector en un paisaje alucinatorio. Las descripciones son grotescamente precisas en aspectos accesorios y deliberadamente vagas en referencia a motivos más sustanciales. Auster crea una atmósfera enrarecida y mugrienta que no toma prisioneros, dotando de una malsana mezcla de realidad e irrealidad al entorno. Todo fluye a través de un conducto purulento, como si la propia Anna presionará sobre sus recuerdos, como si éstos estuvieran enquistados en su interior y solo pudieran salir a través del uso de la fuerza. La narración es intermitente y desesperada, aunque esto último es la constante durante toda la novela. Todo ello conforma una especie de lugar de ultratumba, una especie de irrealidad metafísica ciertamente subyugante. Veo muy factible que en estas primeras páginas el lector pueda ceder y rehusar seguir leyendo, aunque para mi ha supuesto la parte más vibrante del libro.

A continuación el relato transmuta en crónica y transita lugares más comunes, pero no por ello menos interesantes. Asistiremos al desarrollo psicológico de Anna, así como seremos testigos de distintos personajes que pasarán por la vida de nuestra protagonista. Algunos muy interesantes y elaborados, como ese Boris Stepanovich, mago de la fabulación e ingeniero de las relaciones sociales, derroche de prodigalidad y figura enigmática, como una especie de ricachón generoso sin alhajas ni fanfarria, como un Gatsby en fuera de juego.

"Ya ves que complicado es, no es suficiente con mirar algo y decir: «estoy mirando tal cosa», ya que eso lo puedes hacer cuando el objeto que tienes delante es un lápiz o un trozo de pan, pero ¿qué pasa cuando te encuentras mirando a un niño muerto, a una niña pequeña que yace en el suelo desnuda, con la cabeza reventada y cubierta de sangre? ¿Qué piensas entonces? No es tan simple, ya ves, decir lisa y llanamente: «estoy ante una criatura muerta». Tu mente parece negarse a formar las palabras, no puedes forzarte a pronunciarlas, ya que aquello que tienes delante no es algo que puedas separar fácilmente de ti mismo. Esto es lo que quiero decir cuando hablo de aquello que te hiere; no puedes simplemente mirar porque forma parte de la historia que se desarrolla en tu interior. Supongo que debe ser bueno endurecerse hasta tal punto que nada pueda afectarte nunca más; pero entonces te quedarías solo, tan absolutamente al margen de los demás que la vida se volvería imposible."

He podido detectar alguna incongruencia en la manera de ser presentado este país de las últimas cosas. Por ejemplo, en cierto momento, al principio, nos son descritos los diversos procedimientos por los cuales la gente comete suicidio, algunos ciertamente originales, y poco después, a propósito de los medios por los cuáles se evitan las infecciones y las epidemias, se nos dice que no arrojar, por segunda vez, la basura en los puntos de recogida, implica la pena de muerte. Y aunque esta incoherencia provoque cierta hilaridad, tampoco enturbia la percepción y valoración de la novela.

Tampoco es ésta una novela que deba ser evaluada desde el punto de vista de lo que su trama pueda ofrecer, sino de lo que los personajes pueden llegar a ser en circunstancias excepcionales. Lo interesante de esta novela es considerarla como una especie de experimento mental de la forma: «¿que pasaría si se ubicaran a estos y aquellos personajes en tales y cuales circunstancias?»

El Washington Post describió en su día El País de las últimas cosas como «uno de los mejores intentos contemporáneos de describir el infierno». En mi opinión, más que una visión del infierno, Auster parece presentarnos una escatología afín al pensamiento existencialista. Una especie de país de ultratumba en el que, lejos de existir el orden que la visión cristiana nos ha transmitido del cielo o del infierno —un orden benigno en un caso y maligno en el otro—, todo parece abocado a la entropía más descorazonadora; un lugar destinado a la perpetua desintegración de sí mismo. Lo que hace que este libro deba ocupar un lugar destacado en la lista de libros sobre distopías.

"Abandoné la esperanza de ser alguien —decía—. El objetivo de mi vida era huir de lo que me rodeaba, vivir en un sitio donde ya nada pudiera hacerme daño. Intenté destruir mis lazos uno a uno, dejar escapar las cosas que me importaban. La idea era lograr la indiferencia, una indiferencia tan poderosa y sublime que me protegiera de cualquier ataque. Me despedí de ti, (...), me despedí del libro, del pensamiento de volver a casa, incluso intenté despedirme de mí mismo. Poco a poco me volví tan calmo como un Buda, sentado en mi rincón sin prestar atención al mundo que me rodeaba. Si no hubiese sido por mi cuerpo —las demandas ocasionales de mi estómago y de mis intestinos— tal vez no hubiese vuelto a moverme. Me repetía a mí mismo que la solución perfecta consistía en no desear nada, no tener nada, no ser nada. Al final llegué a vivir casi como una piedra."

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