martes, 11 de noviembre de 2014

(1973) Ian Watson - Empotrados




"«Su realidad, vuestra realidad... Los conceptos de la realidad por parte de la mente se basan en el entorno que ella misma ha producido, y cada entorno es ligeramente distinto. Sin embargo, todos formamos parte de esta realidad, la totalidad absoluta del universo actual. —Su voz resonaba enfáticamente—. Sin embargo, hay otra realidad fuera de esta totalidad. ¡Y nosotros pretendemos captarla!»"

En los años 40 del siglo XX en el ámbito de la lingüística y la antropología Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf propusieron —nunca de manera conjunta— la conocida más tarde como hipótesis Sapir-Whorf, la idea bajo la cual el lenguaje de un hablante, y más concretamente sus categorías gramaticales, determinan los procesos de pensamiento que le permiten, a ese mismo hablante, aprehender la realidad. Esto significaría que actos tan básicos como la observación y la conceptualización del mundo encontrarían su sustento en el funcionamiento gramatical de la lengua. El lenguaje determinaría el mundo del hablante de una manera mucho más íntima y profunda de lo que se hubiera podido imaginar hasta entonces, según la idea defendida por los lingüistas norteamericanos.

En la historia del pensamiento, pueden encontrarse algunos antecedentes de esta tesis. Para Kant el mundo de la experiencia sería un cúmulo de datos confusos y caóticos de no ser por la mediación de las famosas categorías del entendimiento, entidades prelingüísticas, subjetivas, necesarias y a priori respecto a cualquier tipo de experiencia, que dotan a la misma de la más mínima inteligibilidad, su constitución fenoménica. Schopenhauer, que tomaría de Kant su epistemología, hablaría de ese mundo fenoménico como atado en corto al famoso velo de Maya de la tradición hindú, que nos hablaría de la esencial ilusioriedad que constituiría el mundo fenoménico —y que lo conectaría a la consideración platónica del mundo sensible o de las apariencias—. Wittgenstein, ya en el siglo XX, en su Tractatus Logico-Philosophicus encontraría ese filtro que posibilita la intelección del mundo en la gramática, la cual no sería ninguna de las insertas en ninguno de los lenguajes naturales, sino una que sería común a todos ellos: la lógica. La lógica en Wittgenstein y las categorías en Kant suponen distintos tipos de filtro que la mente humana impondrían a la realidad asemejándose en ello a las categorías gramaticales en la hipótesis Sapir-Whorf. Sin embargo, existe al menos una diferencia fundamental entre los planteamientos de Kant y Wittgenstein, y el de Sapir y Whorf. Mientras que para los primeros el filtro opera para la mente humana, para los segundos operaría de cara a los distintos lenguajes naturales. Por tanto, a lenguajes distintos, lo que implica a categorías gramaticales distintas, les corresponderían distintas visiones de la realidad. Mientras que para Kant y Wittgenstein, la visión del mundo de un neozelandés y la de un nepalí serían esencialmente idénticas, para Sapir y Whorf no lo serían en virtud de que el manejo de lenguajes radicalmente distintos entrañan visiones del mundo distintas. Este planteamiento, que implica una suerte de relativismo lingüístico, sería a su vez atacado dentro del campo de la lingüística por las ideas de Noam Chomsky, que postularía en los años 60 la existencia de una gramática generativa dentro del pensamiento humano, gramática que generaría todas las gramáticas de los lenguajes naturales y que, años más tarde, le serviría al psicólogo y científico cognitivo Steven Pinker para proponer la hipótesis de la existencia de un lenguaje del pensamiento: el mentalés. Tanto el mentalés como la gramática generativa compartirían un rasgo esencial: su innatismo. En otras palabras, vendríamos de serie con ellas y su adquisición no nos costaría nada, a diferencia de los lenguajes naturales, cuya adquisición la obtenemos por medio del aprendizaje.

Me viene bien este recordatorio a mitad de camino entre la especulación filosófica y la investigación lingüística y antropológica para contextualizar Empotrados de Ian Watson. El autor inglés, que según J.G. Ballard era «el autor británico más interesante de la cf de ideas o, más exactamente, el único escritor británico de ideas», debutaba en 1973 con esta obra, con la que iba a poner el mundo de la ciencia ficción patas arriba. Y es que en poco más de 200 páginas Empotrados congrega a la antropología, la etnografía, la psicología, la neurociencia, la lingüística, la farmacología, los viajes espaciales, los alienígenas, el capitalismo, el comunismo marxista, el comunismo maoista, los grupos terroristas, los misioneros religiosos, la preservación del ecosistema, de las tribus ancestrales, la ingesta de drogas, los cultos mistéricos y, por si fuera poco, la condenada y omnipresente CIA.

Brevemente, la historia que nos cuenta Empotrados se desarrolla en tres frentes. En el primero de ellos, un lingüista estadounidense trabaja en unos laboratorios con un grupo de cuatro niños. Aislados del mundo exterior antes de que adquirieran el lenguaje y expuestos a los efectos de un psicofármaco que potencia sus habilidades cognitivas, son sometidos a programación lingüística, pruebas de orden lógico e interacciones con realidades especulares que distorsionan la percepción tridimensional habitual. El objetivo de los experimentos consiste en desentrañar la gramática generativa subyacente a todos los lenguajes humanos, en el sentido chomskiano. Y la hipótesis de trabajo es que la gramática generativa está íntimamente conectada con las estructuras lingüísticas empotradas o autocontenidas, esto es, estructuras producidas mediante reglas recursivas que se tienen a sí mismas, las reglas, como objeto de su lenguaje. Como en el dibujo de la mano derecha que dibuja a la mano izquierda, y viceversa, de Escher. O como en los poemas de Raymond Roussel. Un lenguaje enseñado de esa manera a los niños sería, entonces, un lenguaje que no se parecería en nada a los lenguajes naturales pero que, con todo, seguiría teniendo como substrato las ideas de Chomsky, de forma que haría explícitos sus límites, los límites del lenguaje del pensamiento.

En el segundo de los frentes, un antropólogo francés realiza una investigación de campo en Brasil, observando las costumbres y el lenguaje de una tribu amazónica "virgen". Los Xemahoa, que así es como se llama la tribu, acostumbran a realizar ceremonias de tipo mistérico, bajo los efectos del consumo de unos hongos alucinógenos, los maka-i, que crecen en los barrizales de los alrededores del poblado, y que tienen la cualidad de escindir el lenguaje de la tribu en dos ramas, el Xemahoa A y el Xemahoa B, siendo el primero de ellos el lenguaje de la tribu proferido en circunstancias normales y el segundo el emitido bajo las condiciones producidas por el hongo alucinógeno. El antropólogo, viejo colega profesional del protagonista de la primera historia, sospecha que el Xemahoa B pueda constituir una regresión empotrada del Xemahoa A, hecho que pondría en común las investigaciones de las dos primeras historias. Paralelamente a esta historia, en el propio Amazonas, a pocos kilómetros de donde los Xemaloa tienen su poblado, se está construyendo unos diques que posibilitarán la explotación de las fuentes minerales por las empresas estadounidenses, pero que tendrán como contraprestación la desaparición de grandes extensiones de terreno, entre ellas el poblado de los Xemaloa.

La tercera pata de la mesa es una historia acerca del sorprendente contacto con una fascinante civilización extraterrestre. Los Sp'thra, que significa literalmente comerciantes de señales, captan una señal procedente de la Tierra que emite un trivial concurso televisivo. Rápidamente aprenderán el idioma y entablarán negociaciones con una recepción terrestre, interesados en adquirir muestras de cerebros humanos. Sostienen que el lenguaje determina la manera de percibir el mundo (hipótesis Sapir-Whorf) y que eso no solo ocurre a nivel local, sino en todas las especies del universo. Puesto que su manera de desplazarse por el universo no viola las leyes de la física (no se supera la velocidad de la luz en sus viajes), se sugiere la posibilidad de que las grandes distancias que recorren en sus viajes, de miles años luz, se realicen por el recurso a la manipulación, vía lectores de corrientes, de otras pararrealidades coexistentes con la realidad externa común y que a su vez los ponen en contacto con los Xemaloa...

"«No puedes pretender explorar todas las fronteras de la realidad en un solo mundo contando únicamente con una especie inteligente que trabaje en el asunto. Eso no es ciencia. Es... solipsismo. Pienso que ésa es la palabra adecuada.»"

Una de las cosas que más me han gustado de este libro ha sido la nula concesión que el autor regala al lector. En ese sentido, me ha recordado un poco a La Era del Diamante, de Neal Stephenson. Era aquel un libro cuyo uso de la elipsis ponía a prueba al lector más concienzudo: al final de cada capítulo sabías dónde te encontrabas, pero al inicio costaba Dios y ayuda ubicarse. Empotrados no es una lectura tan exigente en ese sentido y, de hecho, no hay ninguna elipsis que sintetice vastos periodos de tiempo o información. Pero es una lectura trepidante, a toda mecha. Los diálogos "recopilatorios", que muchos escritores usan para darle la merienda a sus lectores, aquí brillan por su ausencia. Las referencias al flujo de conciencia de los personajes para aprovechar y masticar pensamientos ya expuestos son inexistentes. Es una novela que va directa al grano. Y ese ir al grano, ese ir a toda mecha, no es la única característica que comparte con algún libro de Stephenson. Quienes hayan leído Snow Crash y conozcan su mesopotámica trama sabrán a qué me refiero.

El libro contiene referencias culturales y guiños escondidos, sin abusar y siempre bien traídos. Se hace mención a un disco de Jefferson Airplane titulado "Golpes al Imperio", hasta donde sé, de factura ucrónica (la novela está ambientada sobre el año 2000). Hay guiños también a Orson Welles y a Ayn Rand. Pero también a Wittgenstein, Chomsky, Nietzsche, Escher, Marx e incluso Abelardo y Eloísa. Y seguramente haya muchos otros que por desconocimiento o falta de atención se me hayan podido pasar por alto.

Creo que con la parte que más he disfrutado ha sido con la investigación del antropólogo francés. Ciencia en acción. Watson trasladándonos al Amazonas y haciéndonos testigos de las luchas conceptuales del personaje por intentar abarcar las inconmensurabilidades lingüísticas y sociales de una tribu, por lo demás apasionante. Uno a uno, con perseverancia, el antropólogo va descifrando los puzzles culturales típicos de la disciplina: los códigos y pautas que descifran el incesto, las personificaciones animistas, los mitos fundacionales y, sobre todo, la manera de emplear el lenguaje por la tribu, con ese presente temporal como figura verbal extensiva a una continuidad de instantes: "La forma del tiempo futuro es muy peculiar. Aún no estoy seguro de que sea realmente un tiempo futuro. Probablemente se trata de un presente enfático que contiene atisbos de futuridad, un modo peculiar de los xemahoa. Estos añaden la palabra «yi», que significa literalmente «ahora», al verbo en presente, o también «yi-yi», «ahora-ahora»." Todo resulta muy creíble, muy bien desarrollado.

Otro de los aspectos que me ha gustado mucho ha sido la neutralidad moral que mantiene Watson respecto a la abigarrada suma de colectivos e ideologías que hace desfilar por su páginas. Una equidad difícil de lograr. Watson la logra por la vía negativa: atizando a todos por igual. Si bien tiene una tendencia anti-imperialista más que refrescante en un género en el que uno de sus máximos valedores en la edad dorada gustaba de afirmar aquello de que "Una sociedad armada es una sociedad educada". No es ésta una novela de héroes, en absoluto. Y ninguno de los representantes de cada colectivo lo es, en ningún momento. De hecho me atrevería a decir que es una novela en la que todos los personajes pierden, aunque lo correcto sea decir que todos los personajes relevantes acaban perdiendo. ¿Distopía pesimista, por tanto? Tampoco...

Uno de los lastres que tiene el libro es que los temas tratados a veces vienen rodeados por una aureola de confusión que afea bastante el resultado final. Sin ir más lejos, el libro, que se titula "Empotrados"  —en una traducción bastante cuestionable del inglés "embedding", aunque ello no sea culpa del autor, claro— se muestra torpe e inconsistente a la hora de explicar el sentido del término y la relación con la temática más general acerca del lenguaje del pensamiento, como azotado por la inseguridad de aquel que no termina de dominar la materia de la que habla. Por lo demás, el ritmo, que aquí lo hemos elogiado, podría ser visto como impedimento para desarrollar los temas en profundidad, así como los personajes que, hay que reconocerlo, son bastante planos.

Los comentaristas parecen coincidir en que Empotrados es la gran obra de Watson, lo cual no deja de ser un tanto decepcionante (para él, supongo) tratándose de su primera novela. Una vez oí que el primer disco de un grupo siempre suele ser el mejor, ya que para el segundo disco y los siguientes se suele tener uno, dos, tres años para componerlo, arreglarlo, terminarlo, mientras que para el primero se cuenta con toda la vida. Puede que ese sea el caso de Watson. No lo sé, no he leído el resto de sus libros. Lo que sí sé es que uno tiene la sensación al leer Empotrados de encontrarse ante algo especial, algo diferente, algo único. De encontrarse ante un autor en estado pletórico, rebosante de ideas, tantas que se le escapan de las manos, y que pese a sus errores, consigue atrapar al lector en una trama de profundas implicaciones, desplegando un complejo entramado de poleas y engranajes que, al final, y con las últimas páginas, cierra con la elegancia y la precisión de un reloj suizo.

"Presa del pánico, se desdobló dentro de su armadura de carne, y por un instante se vio a sí mismo sujeto y sujetando: vio al Yo que le tenía sujeto, y vio al Yo que él sujetaba. los dos parecían superpuestos. Tan pronto como se formó esta doble visión, se esfumó, y los estados empezaron a alternarse por separado, ante sus horrorizados ojos."

Valoración:


1 comentario :

  1. Efectivamente, creo que es un gran libro y que exige un esfuerzo del lector. No es la típica historia de aventuras, ni de ciencia ficción dura, ni tampoco de autocrítica del ser humano aunque hay un poco de cada. Es por eso que no resulta fácil de leer para gran parte del público, pero si se lee con detenimiento y ganas de ver cuantas ideas hay en la obra, el ''esfuerzo'' merece la pena.

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