miércoles, 15 de octubre de 2014

(2002) Jean-François Revel - La obsesión antiamericana




En "Ni Marx ni Jesús" precisé en varias ocasiones que entendía por revolución americana menos un epifenómeno político sobre las camas visibles del poder que una serie de transformaciones habidas espontáneamente en las profundidades de la sociedad. Aquellas transformaciones radicales habían nacido, habían crecido, proseguían y proseguirían independientemente de las alternancias de mayoría que había habido o habría en el nivel federal. Se puede cambiar de régimen sin cambiar de sociedad y se puede cambiar de sociedad sin cambiar de régimen. El Free Movement americano brotó y perseveró con presidencias tanto demócratas como republicanas. Es que nunca o muy raras veces cayó, como sus réplicas europeas, en la ideologías atrasadas del siglo XIX y los yugos teóricos de las pseudorrevoluciones marxistas del XX. Quien dice revolución, sostenía yo, dice, por definición, acontecimiento hasta entonces inusitado y que sobreviene por vías diferentes de los cauces históricos conocidos. Quien dice revolución habla de lo que no se puede pensar ni concebir siquiera mediante conceptos antiguos. Resultaba una evidencia para mí: la verdadera revolución no estaba en Cuba, sino en California.

Para ser sinceros, desconocía la trayectoria del francés Jean-François Revel (1924-2006) hasta la lectura de este libro. Filósofo de formación, participó en la resistencia de la Francia ocupada por los nazis y simpatizó con el socialismo hasta que en 1970, y tras una serie de viajes por EEUU, renegó de su anterior credo para abrazar las turgencias del liberalismo político, que no dejaría de elogiar hasta su muerte. Esto último es importante. Revel, en los 70, se erigió como el mayor apologista de EEUU en una Francia dominada intelectualmente por la generación del 68. Hecho que le valdría para granjearse la fama de eterno polemista. Un extraño en su propia Tierra, en cierta forma. Este aspecto, sin embargo, y en la medida en que es parte inseparable de su trayectoria, también me era desconocido en su figura. Realmente lo que me movió a hincarle el diente a este libro fue un ingenuo: "Mira eso, un francés siendo infiel a su patria. Tiene que ser interesante".


Sin embargo, "La obsesión antiamericana", más que un ejercicio de apología, consiste en un ataque frontal contra los enemigos de las ideas representadas por EEUU. Revel, más que el abogado defensor de una ideología, se convierte por momentos en la novia histérica y celosa capaz de clavarle las uñas a quien ose ponerle las manos encima al tío Sam. Las argumentaciones de Revel, lejos de manejarse en el terreno de la reflexión fría y desapasionada, se sirven de cualquier elemento a su alcance, por muchas dudas que pueda despertar, para asemejar la discusión dialéctica a la refriega casera en la que los platos acaban rotos.

"Según se nos repite machaconamente, el terrorismo antiamericano se explica supuestamente o incluso se justifica por la pobreza en aumento que supuestamente propaga el capitalismo mediante la mundialización, orquestada por los Estados Unidos. Ése es el lema que se difunde por los círculos de Attac, en la revista Politis, entre los verdes alemanes, los intelectuales latinoamericanos y varios editorialistas africanos. En los propios Estados Unidos, la extrema izquierda (radical left) ha organizado manifestaciones para propagar ese lema. También es la convicción del célebre juez Baltasar Garzón (El País, 3 de octubre de 2001), para quien un crimen solo lo es, si lo comete Pinochet."

El anterior constituye un ejemplo paradigmático de lo que quiero decir. Cada vez resulta más defendible que las verdaderas motivaciones del terrorismo integrista islámico responden al deseo de instaurar una hegemonía islámica mundial y que, para ello, la empresa pasa por derrocar a la primera potencia mundial. Y que la damnificada de ese proceder ha sido, circunstancialmente EEUU, pero podría haber sido la URSS en el pasado de haberse dado las condiciones materiales necesarias y puede ser China en el futuro. De este modo, la atribución de móviles de carácter socialista por parte de determinadas corrientes de opinión occidentales a dicho terrorismo solo constituiría una proyección de los móviles de esas mismas corrientes más que una verdadera identificación de las causas psicológicas de esos movimientos integristas. Efectivamente, en ciertos estados islámicos, de credo integrista, impera una determinada interpretación del Corán que muy difícilmente puede hacerse compatible con los valores de la equidad y la justicia que defiende el socialismo. Sin embargo, Revel no argumenta; más bien dispara: Garzón, ese activista anti-globalización...

Hay dos grandes centros neurálgicos en este ensayo sobre los que Revel centra su interés: la economía, representada por las corrientes liberalizadoras y globalizadoras del comercio, y la geopolítica, representada por consideraciones de unilateralidad en la acción de norteamérica.

Sobre el primer punto, el pensador francés recriminará a los activistas el uso de medios violentos para defender sus posiciones sobre la base de los postulados de la economía clásica, aquellos que afirman que el comercio internacional genera empleo y extiende la riqueza. Adjudicará a los activistas el credo estatalista según el cual se siguen del mismo las consecuencias proteccionistas tan indeseables para la actividad económica. Revel no expondrá los verdaderos motivos que están en la base de esas reivindicaciones, a saber: que el proceso globalizador ha sido secuestrado por las transnacionales, cuyos únicos objetivos son la maximización del beneficio, a costa de los derechos y las coberturas sociales de los trabajadores. Es un hecho que el efecto positivo de la globalización, la reducción de precios de los bienes de consumo, ha traído como consecuencia y causa la reducción de costes y por tanto, la presión de los salarios a la baja, favoreciendo o bien la deslocalización de la producción a países donde la cobertura social de los trabajadores es inferior a la de los países del primer mundo o bien el mantenimiento de la producción en sus lugares de origen a costa de eliminar las conquistas sociales que al movimiento obrero le habían sido tan caras. Revel no expone que uno de los principales argumentos contra esta versión de la globalización es precisamente la tan manida flexibilización laboral, que tan barata le resulta al profesional liberal cualificado, pero tan cara al trabajador poco cualificado. Revel no expone, por tanto, que lo que está en juego en la disputa por la globalización no es el debate "globalización sí o globalización no", sino que, asumiendo que la globalización es un proceso inevitable, qué tipo de globalización queremos y quién queremos que la controle, si las empresas multinacionales en un mundo desrregularizado o los ciudadanos a través de los gobiernos en un mundo en el que los derechos y las conquistas sociales no son papel mojado.

Sobre el segundo punto, Revel centrará sus esfuerzos en una defensa del intervencionismo norteamericano en el mundo basado en la legítima defensa y en el derecho a la toma de medidas preventivas ante la amenaza terrorista. "La verdad es que la izquierda europea no ha entendido nada de la historia del siglo XX. Sigue siendo fanática con los moderados y moderada con los fanáticos". Revel critica a las corrientes de izquierda de su excesiva tolerancia contra la intolerancia, en su pacifismo ingenuo, aunque por razones diferentes a las esgrimidas por Žižek. En general, esa acusación es correcta y yo mismo me he visto indignado ante el énfasis que, en este país, se daba al manido "talante" y al diálogo frente a energúmenos que no estaban por la labor. También creo que cuando esos energúmenos dejan de serlo, hay que tirar a la basura las viejas creencias, argumentarios y poses y encarar el futuro desde la deliberación, la pedagogía y la defensa razonada de las posiciones propias. Sin embargo, Revel llevará la intolerancia a la intolerancia hasta sus últimas consecuencias, justificando Guantánamo y, de haber vivido lo suficiente para ver las consecuencias, también la guerra contra el terror, escándalo de las bombas de destrucción masiva mediante.

En general, la divisa básica de este libro es que los críticos de EEUU incurren en el peor de los vicios argumentales: la incoherencia. Ejemplos de ello consistirán, en el terreno político, cuando se le recrimina a EEUU sus intervenciones en otros países, el creerse la policía del mundo pero, paralelamente, cuando esa intervención no se produce, el ser extremadamente egoísta al mantener una posición aislacionista. O cuando se critica a EEUU por mantener posiciones profundamente liberales en el terreno económico en los sectores donde le interesa dar salida a su oferta externa y, al mismo tiempo, ser profundamente proteccionistas en aquellos sectores, como el agrícola o el automovilístico, donde sin esos frenos a las importaciones su competitividad se vendría profundamente mermada. Pero hay que notar que esa incoherencia en las acusaciones, defendiendo una cosa y la contraria en momentos sucesivos, es la otra cara de la moneda de la incoherencia norteamericana respecto a esas cuestiones. Del mismo modo que los críticos se muestran incoherentes al acusar de aislacionistas e imperialistas o de librecambistas y proteccionistas, EEUU es también incoherente al incurrir en el ejercicio de esas posiciones irreconciliables.

Hay defensas justas de la aportación de EEUU al mundo, faltaría más. Culturalmente, y más allá de la cultura de masas entendida de forma superficial, EEUU ha sido el principal promotor cultural del mundo durante el siglo XX, desplazando de ese foco a la tradicional hegemonía europea en ese ámbito. También hay que destacar en EEUU que a pesar de todos los fallos de su democracia, entre los cuales nosotros y otros muchos países hemos importado su bipartidismo distorsionador, destaca por un uso de la deliberación del que muchas democracias europeas adolecen gravemente. Los méritos de Estados Unidos como pueblo y como forma de vida son muchos e innegables. Pero sus deméritos y errores también lo son. Y una refutación de los mismos requiere la seriedad intelectual de la que Revel carece durante la mayor parte de este ensayo. En su boca, parecería que los críticos de Estados Unidos son todos comunistas trasnochados que, tras la caída del muro de Berlín, no han sabido reciclarse. Es precisamente esa clase de falta de seriedad la que constituye la principal irresponsabilidad intelectual de este libro.

"La verdadera crítica a América, la única útil, por ser precisa, juiciosa y motivada, sólo la encontramos... en la propia América, en la prensa diaria o semanal, los medios de comunicación, la clase política, las revistas mensuales de alto nivel, que allí tienen una gran difusión, mucha más que en Europa."


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