miércoles, 8 de octubre de 2014

(2001) Mark Lilla - Pensadores Temerarios



(Reseña publicada originalmente en Goodreads el 7 de octubre de 2014)


"Al volver Heidegger a la enseñanza, tras su aventura como rector del régimen nazi, uno de sus colegas le había espetado la famosa ironía: "¿De vuelta de Siracusa?". Por supuesto, ésta hace referencia a las tres expediciones de Platón a Sicilia, en su intento de devolver al joven dictador Dionisio a la filosofía y la justicia. La educación falló, Dionisio se convirtió en un tirano y Platón apenas pudo salvar la vida. El paralelismo se ha utilizado en obras sobre Heidegger para mostrar que su tragicómico error había consistido en suponer que la filosofía podía guiar la política; en especial, la política del nacionalsocialismo."

"Pensadores Temerarios" de Mark Lilla es un libro iconoclasta que remueve la mierda enterrada en las tumbas de seis grandes pensadores del siglo XX, aunque en unos lo consiga hacer más que en otros. El libro traza las conexiones intelectuales y/o vitales que Heidegger, Schmitt, Benjamin, Kojève, Foucault y Derrida entablaron con los regímenes nazi y soviético o con las filosofías en las que estuvieron cimentados aquellos sistemas totalitarios. La disyunción no es banal pues no es lo mismo apoyar alguna forma de marxismo que apoyar el régimen de Stalin, por poner un ejemplo. En ese sentido, resultan más impactantes los retratos de Heidegger o Schmitt, que participaron activamente en la estructura de la Alemania nazi, que los de un Derrida o un Benjamin, que se limitaron a hacer filosofía, menos o más política, respectivamente. Por ello, también es curiosa la no inclusión de Sartre -con un capítulo propio, ya que se le menciona en varias ocasiones-, pues por todos es conocido su negacionismo de los hechos acontecidos en Hungría en 1956. Quizá por ello mismo su inclusión hubiera sido trivial.

El libro posee un aroma a condimento, en verdad, pestilente producto de una defensa soterrada del pensamiento liberal como única vía legítima para la democracia. Parte de la cripto-premisa de que tras la guerra fría se impusieron las libertades frente al totalitarismo ejemplificado en Auswitch o Archipiélago Gulag, sin mencionar la caza de brujas de los años 50 o la violación de derechos en Guantánamo. No distingue entre la real-politik que hizo a los dos bandos de la guerra fría hacer auténticas monstruosidades desde el punto de vista de los derechos internacionales (Afganistán sí, pero también América Latina o Vietnam) y, por ello, no distingue cualitativamente el grado de monstruosidad existente entre los gulags soviéticos y los campos nazis. Es un libro sesgado en el que se considera el totalitarismo como un todo indiferenciado.

A pesar de todo, éste libro es muy valioso si se es capaz de distinguir los sutiles movimientos ideológicos introducidos, que siendo honestos, tampoco abundan, de todo lo demás. A fin de cuentas, se trata de seis pequeñas biografías intelectuales de los autores descritos. Y, vamos, que tire la primera piedra quien declarándose seguidor de la historia de las ideas no disfrute de ese subgénero consistente en la inextricable ligadura de las principales ideas de un autor con el devenir de su vida, de la trabazón de su pensamiento con sus chascarrillos y puteríos cotidianos.

En este libro asistimos al desenmascaramiento vital de Heidegger, insigne filósofo del Ser (según afirman algunos), que antepuso su antisemitismo a la amistad de Jaspers y Arendt. O al compromiso inquebrantable de Schmitt con la causa nazi, que mantendría de una manera más o menos fuerte durante los 96 años que duró su vida, y que dieron de sí lo suficiente como para que intelectuales de izquierda y derecha peregrinaran hasta su hogar en Plettenberg para conocer al gurú. La inclusión de Kòjeve, asesor de los gobiernos democráticos franceses posteriores a la 2ª GM, no se termina de entender más allá de que su hegelianismo sienta las bases para el fin de la historia en sentido marxista. Lo cual, dicho así, suena bastante inofensivo. Igualmente, en el marxismo teñido de teología de Benjamin y sus imposibles contradicciones interiores no termina de verse ese vínculo que Lilla pretende mostrar entre filosofía y totalitarismo. Ambos ensayos carecen del interés morboso de los anteriores, aunque en el plano intelectual su consistencia sea granítica. El ensayo sobre Foucault es quizá el más conmovedor del libro. Lilla nos lo presenta como una personalidad cáustica, trastornada por una sociedad llena de represiones que atentaba contra su libertad y su homosexualidad. Foucault, al parecer, desde muy joven habría buscado experiencias límite que pusieran en jaque las costumbres y reglas sociales, pero que también afirmaran su voluntad de poder, su ilimitada libertad potencial. En ese sentido, su obra podría leerse como el desenmascaramiento de las instituciones sociales que precisamente ejercieron la represión de la que el propio Foucault-persona fue víctima. Sin embargo, el ensayo no se queda en la mera justificación. Tira piedras al pensador y acierta al presentarlo también como un narcisista, cuyos compromisos políticos adquiridos en la década de los 60 y 70 fueron un subproducto de la egolatría de su voluntad de poder más que un genuino compromiso con la verdad de las causas defendidas. El irónico "desenlace" de su vida, con un Foucault que había renegado altívamente de los peligros del SIDA y de todo tratamiento para la enfermedad como afirmación de su voluntad de poder, es ciertamente triste. Sobre todo, para alguien que defendió que los tentáculos del poder se ciernen sobre el sujeto desde todas las instancias, incluida la ciencia. El ensayo sobre Derrida es el menos serio de todos. O puede, simplemente, que sea leer el nombre del pensador francés y activar el modo Benny Hill de lectura. Derrida, como pensador, no me merece ningún respeto. Cero. Aunque reconozco que su sistema es ingenioso como desarrollo y radicalización del programa heideggeriano de destrucción de la metafísica. Programa y pensador, Heidegger, a los cuales tampoco tengo en demasiada estima.

Éste es un libro que puede que siente mal a los seguidores de los filósofos aquí descritos. Desde luego, la filosofía europea, quizá desde Hegel en adelante -y aquí cabe mencioanr a Marx, Nietzsche, Heidegger, Deleuze, Foucault o Derrida como ejemplos- se ha caracterizado por despertar un grado de pasión en sus lectores digno de las hinchadas más enfervorizadas. Ciertamente, la filosofía europea, a veces, parece dividirse en ligas (fenomenología, hermenéutica, estructuralismo...) compuestas por clubs (los filósofos) y arropadas por tifosi (los lectores). Un panorama que es radicalmente distinto en la por momentos árida filosofía anglo-americana, con la excepción de Wittgenstein (auténtica rock star de la filosofía). Lo que es indudable es que la tradición continental ha establecido lazos más profundos con la política y, por tanto con la pasión, que la tradición analítica.

Esa conexión entre filosofía y política, sin duda, puede ser peligrosa, y este ensayo de ensayos así lo confirma. El siglo XX y sus filósofos han puesto de manifiesto una especial forma de relación entre la filosofía y ciertas formas de totalitarismo, por lo demás, nada nuevas. Muy acertadamente Lilla se remonta a la anécdota de Platón en Siracusa, cuando éste intentó enseñar a Dionisio y convertirlo en el ideal del rey filósofo. Sabemos que el chaval no respondió a las expectativas de Platón e, incluso, después de que Platón renunciara a continuar enseñándole, el propio Dionisio tuvo un arrebato que le llevó a redactar su propio pensamiento filosófico. Es imposible no ver en la figura de Dionisio las personalidades de Hitler, Stalin o Mao -a quiénes correspondan la figura de Platón en la alegoría ya es más discutible-. Lo que no es discutible es el impulso que llevó a Platón a enseñar a Dionisio y que Lilla, brillantemente, localiza en el eros. El eros en sentido platónico es un impulso irracional, que arrebata al sujeto y lo arroja a la locura, pero que, circunstancialmente, permite el control de sí al propio sujeto. Ese control, y la manera en que se produce, determinan una graduación de posibles consecuencias, con la filosofía, el amor a la sabiduría, en un límite de la curva, y la "filotiranía", el amor a la tiranía, en el límite opuesto. Filosofía y filotiranía serían las virtudes y vicios supremos. Por ello, no es de extrañar que algunos filósofos durante el siglo XX, en conjunción con un contexto propicio para ello, cayeran en las redes del totalitarismo. Su egolatría, su soberbia, sus pretensiones o incluso su codicia intelectual no serían sino aspectos latentes de ese eros que, en un momento dado, harían explotar sordamente la bomba. Cualquiera que ya no solo haya hecho filosofía, sino que la haya estudiado y pensado seriamente, sabe de lo que habla Lilla. En cierto modo, todo filósofo lleva un tirano dentro. Y esa es la enseñanza filosófica que este libro tiene que darnos.

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